BOSTON
He de decir que este intercambio ha sido distinto a todo lo anterior… En realidad, no surgió de la idea de descubrir una ciudad nueva, sino que empezó con un nudo en la garganta un 1 de abril, día en el que dejé a nuestra hija Marina en el aeropuerto de Bilbao. Volaba a Boston para hacer su Trabajo Fin de Máster en Harvard con un profesor español, experto en imagen médica y neuroimagen.
Seis meses sin verla me parecían una eternidad así que, nada más llegar a casa, me metí rauda y veloz en la app de Home Exchange, casi por impulso. En menos de una hora teníamos ya una invitación de Lydia y Nate Fash, una familia americana que vive en Somerville, un barrio muy tranquilo de Boston y sorprendentemente ¡a tan solo 7 minutos a pie del apartamento de Marina! Estaba claro que el destino se había confabulado a nuestro favor, aún hoy me cuesta creerlo 😲
Gracias a este viaje, no solo hemos descubierto Boston, sino que también hemos podido compartir tiempo con nuestra hija mayor en una etapa muy importante para ella.
Durante el día, Marina seguía su rutina en el laboratorio pegándose para "entrenar a su dragón", pero por las tardes
se unía a nosotros y nos enseñaba la ciudad como solo alguien que la está
viviendo desde dentro puede hacerlo. Los fines de semana se quedaba en nuestra casa, un
auténtico regalazo tenerla tan cerca.
¡Empieza la aventura!
Boston es la capital de Massachusetts, de las
ciudades más antiguas de los Estados Unidos y la ciudad más poblada de Nueva
Inglaterra. Se puede decir que es el centro económico y cultural de la región.
Arrancamos nuestra primera mañana en
Market Basket,
el supermercado de Somerville, conocido por sus precios un 18 %
más bajos que la
competencia. Es un sitio peculiar, sin cajas de autoservicio: todo lo atiende
personal humano, lo que lo hace más cercano y tradicional.
En todos nuestros
intercambios solemos preparar unos sándwiches para comer, así aprovechamos
mejor el día recorriendo la ciudad. Preferimos reservar la cena para
disfrutarla con calma en algún restaurante típico o bien valorado en The Fork.
Esa primera mañana no nos había dado tiempo a preparar nada... así que probamos el Life Alive Organic Café, un oasis urbano donde cada plato se prepara desde cero con ingredientes orgánicos. El ambiente es relajado, ideal para retomar fuerzas tras el viaje.
Por la tarde nos lanzamos a pasear por Beacon Hill, uno de los barrios más antiguos y protegidos de Boston.
Conocido por sus calles adoquinadas, farolillos de gas y casas de ladrillo rojo con contraventanas negras, Beacon Hill crea una atmósfera que parece detenida en el tiempo, una estampa elegante y original donde cada rincón ciertamente invita a la calma.
Os recomiendo entrar en Helen’s Leather Shop, una tienda tradicional de cuero abierta desde 1969, especializada en botas. Marina está buscando el tipo cowboy y aprovechamos para ver modelos auténticos, hechos con muy buena calidad. La tienda tiene carácter y conserva su aire original.
Desde allí cruzamos al Boston Public Garden, inaugurado en 1837 como el primer jardín botánico público de Estados Unidos.
Durante el paseo vimos su característica laguna, el puente colgante (considerado el más corto del mundo en su momento) y varias estatuas entre árboles centenarios.
Justo enfrente se encuentra el Boston Common, el parque público más antiguo del país, fundado en 1634.
Allí disfrutamos del ambiente en la Frog Pond, un pequeño estanque muy popular tanto en verano como en invierno. Justo al lado, el carrusel añadía un toque alegre y familiar al paseo.
Al lado del parque se encuentra el Granary Burying Ground, un cementerio histórico donde están enterrados
personajes importantes, conocidos por su papel en la independencia del país. También hay un
monumento a las víctimas de la Masacre de Boston, un suceso ocurrido en 1770,
donde murió Crispus Attucks, considerado el primer mártir de la Revolución
Americana.
El Monumento a los
Soldados y Marineros rinde homenaje a los soldados y marineros de Massachusetts
fallecidos durante la Guerra Civil. Está representado por una columna de
granito blanco de 38 metros coronada por una figura de bronce que representa
América.
La cúpula dorada que se ve desde el Boston Common pertenece al Massachusetts State House, el Parlamento de Boston. Está cubierta de pan de oro y brilla al sol. Antes fue de madera y cobre, y durante la Segunda Guerra Mundial la pintaron de negro para que no brillara y no fuera objetivo fácil.
Otra curiosidad es que en el techo de la cámara está colgado un
bacalao de madera, en homenaje a la industria pesquera por la que siempre fue
famoso Massachusetts, de hecho el bacalao ha formado parte de sus monedas,
sellos y carteles.
Justo enfrente de la
cúpula dorada del State House, en el Boston Common, hay un monumento llamado The
Shaw Memorial. No es solo una placa, sino una escultura que honra la valentía del coronel
Shaw montado a caballo con soldados negros detrás. Recuerda al regimiento 54 de
Massachusetts, uno de los primeros grupos de soldados negros que lucharon en la
Guerra Civil. Es un homenaje importante
a la lucha por la igualdad.
Más tarde se nos unió Marina con su bicicleta ¡qué ilusión verla después de tantos meses! Nos llevó a conocer la zona del muelle, donde admiramos el “Destroyer”
un imponente barco destructor de la marina y una grúa enorme a su lado, parte
del paisaje industrial del puerto.
Subimos a bordo, paseamos por su cubierta de madera y contemplamos los cañones perfectamente alineados.
Justo al lado se encuentra el USS Cassin Young, un destructor de la clase Fletcher construido en 1943. Este buque participó en algunas de las batallas más duras del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, incluyendo Okinawa, donde fue alcanzado por dos ataques kamikaze. El Cassin Young es uno de los pocos destructores de su clase que se conservan a flote y forma parte del patrimonio nacional desde 1981.
Interesante recorrido por el interior del museo del astillero. Pudimos ver objetos originales utilizados por los trabajadores durante la Segunda Guerra Mundial: botas con puntera de acero capaces de soportar casi 3 toneladas, cascos, máscaras de soldador, carteles de seguridad y hasta premios deportivos que se otorgaban entre empleados.
Llamó mi atención el cartel original de “We Can Do It!”, símbolo de las mujeres que trabajaron en fábricas durante la guerra.
Lo mejor fue descubrir que ese póster no nació como propaganda pública, sino como imagen interna de la empresa Westinghouse para animar a sus trabajadoras. Años después, se convirtió en un icono del movimiento feminista.
También nos detuvimos frente a varios carteles de propaganda naval anunciando el lanzamiento de barcos “para la victoria” el 18 de julio de 1942 o promocionando una proyección con imágenes reales de los barcos construidos en Boston combatiendo submarinos nazis.
Terminamos el día con una cena en Pier 6, en Charlestown, recomendación del profesor de Marina. Se trata de un restaurante junto al agua, con vistas espectaculares al skyline de Boston y una carta basada en mariscos locales. El atardecer desde allí fue simplemente perfecto: un cierre inmejorable para nuestro primer día en Boston.
The Coop MIT, la icónica librería cooperativa fundada en 1882 como un pequeño negocio estudiantil en Harvard Yard, que con el tiempo se convirtió en la tienda oficial del MIT y Harvard. Está repleta de libros y ropa con los logos institucionales, un lugar curioso para cualquier visitante del campus.
El mítico coffee - break
Y una parada práctica en Macy’s ¡como no! El gran almacén del centro de Boston, para comprar calzado cómodo.
Fue también una buena excusa para pasear por la zona comercial hasta llegar a la Gateway de Chinatown, donde nos reunimos otra tarde con Marina.
Este
arco monumental, oficialmente llamado China Trade Gate, fue un regalo del
gobierno de Taiwán en 1982. Está flanqueado por dos leones de piedra, conocidos
como "foo dogs", que actúan como guardianes simbólicos de este
vibrante barrio lleno de vida, aromas y colores.
Nos pareció menos cuidado y atractivo que otros Chinatown que conocemos, como los de Londres o Manhattan.
Aun así, recorrimos el barrio y descansamos en el Mary Soo Hoo Park, que lleva el nombre de una figura clave en la comunidad china de Boston, activista vecinal y empresaria. El parque tiene bancos, sombra, una fuente con detalles ornamentales y suele estar frecuentado por vecinos mayores que charlan o juegan a las cartas.
Dejamos atrás los aromas de Chinatown y retomamos nuestro paseo hacia otros barrios emblemáticos, más americanos.
Al atardecer nos dirigimos a Newbury Street, la elegante arteria comercial del histórico barrio de Back Bay.
Este tramo de una milla, entre el Boston Public Garden y Massachusetts Avenue, está bordeado por preciosas casas de piedra rojiza del siglo XIX (brownstones). Hasta mediados del siglo XIX esta calle estaba bajo el agua. Emergió como parte del distrito residencial en 1882 y desde entonces ha crecido hasta convertirse en un barrio comercial cosmopolita. En su extremo este predominan las boutiques de lujo —Cartier, Chanel, Tiffany—, mientras que hacia el oeste abundan tiendas más independientes, librerías, restaurantes y cafés con encanto. La calle ha sido comparada con la Quinta Avenida de Nueva York o la Michigan Avenue de Chicago, y en verano y fechas señaladas se convierte en paseo peatonal gracias al evento Open Newbury, que llena la zona de música, mercados y ambiente festivo.
Después de cenar,
cruzamos el Harvard Bridge, más conocido como el “Smoot Bridge”. Esta
estructura une Boston con Cambridge sobre el río Charles y es famosa por estar
marcada en “smoots”: una unidad de medida inventada por estudiantes del MIT en
1958, que aún se conserva y se repinta periódicamente. Desde el puente
disfrutamos de unas vistas nocturnas impresionantes del skyline de Boston
reflejado en el agua.
Ya en Cambridge, nos acercamos al Great Dome del MIT, la emblemática cúpula de estilo neoclásico que corona el edificio principal del instituto.
Aunque no entramos en el domo en sí, sí tuvimos la suerte de acceder al edificio anexo, parte del campus, donde se encuentran varias aulas y salas de estudio.
Fue emocionante poder ver el entorno que forma parte de la rutina de Marina en Boston. Cuando la lluvia empezó a caer con fuerza, pedimos un Uber para regresar a casa. Terminar el día compartiendo risas en familia fue, sin duda, el mejor cierre posible.
Dedicamos otro día casi por completo a Harvard, la universidad más antigua de Estados Unidos y una de las más prestigiosas del mundo.
Fundada el 28 de octubre de 1636, recibió su nombre en honor al joven clérigo John Harvard, quien donó la mitad de su patrimonio y su valiosa biblioteca personal con más de 400 libros.
Aunque popularmente se la conoce como la estatua del fundador, en realidad no existe ningún retrato auténtico de Harvard, y la figura está basada en un modelo genérico. Tocarle el pie es una tradición muy extendida entre estudiantes y turistas como gesto de buena suerte… aunque no faltan quienes advierten que no es buena idea hacerlo, ya que corre el rumor —bastante persistente— de que algunos estudiantes han orinado sobre la estatua en señal de burla. Así que preferimos admirarla… ¡a prudente distancia!
Desde entonces, Harvard se ha convertido en un símbolo del saber, la excelencia académica y la historia intelectual del país.
El recorrido comenzó en Harvard Yard, el corazón del campus, un gran espacio verde rodeado de edificios históricos, árboles centenarios y bancos de madera donde estudiantes y visitantes se entremezclan.

Uno de los momentos más impactantes del día fue al llegar a la Widener Library, la principal biblioteca de Harvard y una de las más grandes del mundo dedicadas a las humanidades y ciencias sociales.
Inaugurada en 1915, fue donada por Eleanor Elkins Widener en memoria de su hijo Harry, fallecido en el Titanic. Su madre donó el dinero para levantar el edificio y guardar en él sus libros.
La biblioteca alberga más de 3 millones de volúmenes, repartidos en diez niveles y kilómetros de estanterías subterráneas. Nos impresionó su imponente fachada neoclásica, su escalinata y la solemnidad que transmite.
De hecho, gracias a las tarjetas de Marina y de su amiga Lucía, pudimos entrar en ella, la biblioteca más importante del campus. Es impresionante, tanto por fuera como por dentro.
Nada más traspasar el arco de seguridad, pasamos por una rotonda de mármol con columnas, techos altos y una lámpara enorme en el centro. Después fuimos viendo distintas salas, todas muy elegantes, con madera, alfombras y vitrinas con libros antiguos.
Una de las cosas que más nos llamó la atención fue la Biblia de Gutenberg, protegida en una vitrina. También había una exposición sobre Julian Abele, el arquitecto afroamericano que diseñó esta biblioteca.
La sala de lectura era preciosa, muy silenciosa, con techos decorados y lámparas de estilo antiguo. Nos impresionó mucho.
Fue una visita especial, diferente a todo lo que hemos visto hasta ahora en Boston.
Después de recorrer otras zonas del campus, decidimos volver al Instituto Tecnológico de Massachussets MIT, al otro lado del río Charles.
Ya lo habíamos visitado de noche, pero esta vez quisimos verlo a la luz del día
y con más calma.
Nos detuvimos nuevamente ante el "Great Dome", la gran cúpula que corona el
edificio principal del MIT. Inspirada en el Panteón de Roma, esta estructura
neoclásica diseñada por William Bosworth es uno de los símbolos más
reconocibles de la universidad. Su elegancia y proporción impresionan, el equilibrio perfecto entre ciencia y belleza.
Terminamos la jornada
con unas "ricas" hamburguesas en un restaurante americano, con muchas ganas de
seguir explorando. Habrá que llevar el pasaporte, si queremos que nos permitan entrar en algún museo.
Paseando por Back Bay, nos llamaron la atención músicos entrando y saliendo del Berklee College of Music, uno de los centros más prestigiosos del mundo en música contemporánea y jazz.
Muy cerca estaba el New England Conservatory of
Music, y decidimos acercarnos. Como teníamos entradas reservadas para un
concierto, aprovechamos para preguntar por otras actividades
culturales previstas esta semana.
Lo que no sabíamos es que toda esa zona, que recorre la Huntington Avenue, se conoce como la Avenue of the Arts, una de las arterias culturales más importantes de Boston.
A lo
largo de esta avenida se agrupan instituciones como el Symphony Hall, el
Conservatorio, el Boston University Theatre y el Museum of Fine Arts (MFA).
Caminando por la Massachusetts
Avenue, al llegar al paso elevado cerca de la estación de metro Hynes, vimos
una imagen curiosa: decenas de candados colgados en la valla metálica,
una costumbre que se repite en muchas ciudades del mundo. Las parejas colocan
candados con sus nombres o iniciales como símbolo de su compromiso, y los dejan
allí como pequeños gestos de eternidad.
The First Church of Christ Scientist es una iglesia enorme que está en Back Bay, cerca de Massachusetts Avenue. Es la sede mundial de la Ciencia Cristiana, una religión fundada en 1879 por Mary Baker Eddy, que creía en la curación espiritual sin medicamentos.
El edificio
tiene una cúpula impresionante construida en 1906, donde caben 3.000 personas y
hay un órgano gigante. Alrededor está la Christian Science Plaza, un espacio
abierto con árboles, fuentes y un estanque largo como un espejo. También se
puede visitar la Mary Baker Eddy Library, donde está el Mapparium, un globo
terráqueo gigante que se puede cruzar por dentro.
Nos dirigimos después al MFA Boston, donde habíamos quedado con Marina. El museo, uno de los más grandes del país, alberga más de 450 000 obras y tiene fama internacional.
Me resultó curioso un violín piccolo de Antonio Stradivari, versión miniatura de sus célebres instrumentos. Fabricado en 1712, este diminuto violín mide unos 47,5 cm, aproximadamente 10 cm menos que un violín convencional. Fue un regalo imperial: el instrumento se ofreció a Napoleón François Joseph Charles, hijo de Napoleón Bonaparte y María Luisa de Austria. Como Gabriela, nuestra hija pequeña, toca el violín, nos hizo gracia encontrar un instrumento así en mitad de la visita.
Recorrimos parte de sus colecciones —pintura
americana, arte japonés, escultura clásica, impresionismo—, pero lo cierto es
que no nos entusiasmó demasiado. La visita se nos hizo algo larga y, aunque
había piezas interesantes, nos resultó ciertamente aburrida.
Al salir, con ganas de algo sencillo, fuimos a un restaurante italiano cercano. Pedimos unas pizzas y un plato de pasta para compartir. Nada pretencioso, justo lo que necesitábamos para terminar el día de forma relajada.
Otro día visitamos el Boston Tea Party Museum, un espacio que explica muy bien el contexto que llevó a los colonos a rebelarse contra los impuestos británicos.
La revuelta del té se produce por la subida del impuesto de los británicos sobre varios productos que les llegaban a los colonos, entre ellos el té. Esta subida se produjo porque los colonos compraban el té más barato a los holandeses. De manera que los colonos tiraron al mar los cargamentos de té que llegaban de Inglaterra. Este motín se reconoce como el punto de inicio de la Guerra de la Independencia, ya que los colonos querían deshacerse de las leyes e impuestos británicos y gestionar ellos mismos el nuevo país.
Junto a la exposición
de objetos históricos como el Robinson Tea Chest (el único cofre original que
se conserva del motín de 1773), un frasco con restos de té recuperado del
puerto, pinzas coloniales y reproducciones de grabados y periódicos de la
época, la librería del museo ofrecía también una selección de camisetas,
sudaderas, imanes y otros artículos con referencias al Boston Tea Party.
Otro día, Marina nos enseñó el Stata
Center: uno de los edificios más singulares del MIT, diseñado por Frank Gehry e
inaugurado en 2004. Llamaba la atención por sus formas angulosas y
desequilibradas, sus fachadas de ladrillo, acero y cristal que parecen doblarse
y retorcerse como si el edificio estuviera en movimiento. Frente a la entrada
nos detuvimos ante una gran piedra perforada y un conjunto de probetas que,
según nos dijeron, representan experimentos con uranio. No supimos si era arte
contemporáneo, una alusión a la historia científica del MIT o ambas cosas a la
vez, pero tenía ese aire provocador y enigmático que caracteriza a todo el
campus.
Parada “obligada” en el Omni Hotel, donde en el lobby había un violinista tocando en directo. Se llamaba Diego, de Santander - Colombia. Nos contó que trabaja allí regularmente los martes y jueves, contratado por el hotel. Tocaba con un violín eléctrico y nos enseñó dos modelos, de cinco y seis cuerdas, bastante llamativos. Incluso invitó a Gabriela a probarlos, pero ésta (raro) no se animó.
Momento curioso, antes
de continuar nuestra ruta bostoniana.
Estuvimos
explorando el Seaport District, una de las zonas más modernas y vibrantes de
Boston. Situado junto al puerto, este barrio ha pasado en pocos años de ser un
área industrial a convertirse en un espacio lleno de vida, con arquitectura
contemporánea, terrazas frente al mar, galerías de arte, tiendas y zonas
verdes. Paseamos por el Harborwalk, un paseo peatonal que bordea el agua y
ofrece unas vistas preciosas del skyline y del movimiento constante de barcos y
ferris. El ambiente era ideal para perderse un rato
sin rumbo fijo.
Asistimos a un concierto en la Jordan Hall del New England Conservatory, dentro del festival Morningside Music Bridge, con obras de Maurice Ravel. Nos impresionaron especialmente la violinista canadiense Gwen Hoebig y el pianista Antonio Pompa‑Baldi, ambos de gran nivel. Tocaron con fuerza, precisión y elegancia. El programa incluyó la Sonata para violín n.º 2, Gaspard de la nuit y el Trío para piano, violín y violonchelo. Un regalo para los oídos.
Fue una noche de música excelente, en un lugar precioso.
Buena parte de otro día la dedicamos al New England Aquarium, una de las visitas más recomendables del puerto de Boston.
Comenzamos por la zona de los pingüinos, donde observamos a
los africanos y a los rockhopper en plena rutina de alimentación. Los
cuidadores les daban los peces uno a uno, registrando cuidadosamente lo que
comía cada ejemplar. Era fascinante ver la precisión con la que gestionaban ese
proceso, y lo activos que estaban los animales.
Después fuimos al Marine
Mammal Center, una zona al aire libre donde habitan varios leones marinos de
California. Resultaba muy fácil quedarse allí un buen rato
observando.
La visita culminó con
el recorrido en espiral alrededor del Giant Ocean Tank, una enorme estructura
cilíndrica que simula un arrecife tropical. Desde la parte superior se tiene
una vista panorámica del ecosistema: tiburones, rayas, tortugas como la célebre
Myrtle y bancos de peces que nadan en círculos sin descanso. Todo ello rodeado
de corales artificiales que recrean fielmente el hábitat caribeño. La
experiencia es inmersiva y muy bien organizada.
Tras el acuario, nos
dirigimos al Quincy Market, un edificio histórico de 1826 que forma parte del
conjunto del Faneuil Hall Marketplace.
Con su arquitectura de estilo neoclásico y su gran cúpula central, este mercado es hoy un animado centro de comida callejera, tiendas y actuaciones espontáneas. Recorrimos los pasillos interiores, curioseamos en los puestos y disfrutamos del ambiente bullicioso y cosmopolita.
Al atardecer fuimos a Little
Italy, el emblemático barrio del North End, donde las calles estrechas y los
escaparates de panaderías, pizzerías y trattorias familiares te trasladan a
otra época. Nos apetecía cenar allí, pero fue misión imposible :(( la mayoría de
los locales estaban a tope y, además, muchos no aceptaban pago con tarjeta de
crédito.
Decidimos improvisar y
terminamos cenando en un restaurante coreano cercano, donde pedimos ramen. Fue
todo un acierto: sabroso, bien preparado y perfecto para cerrar el día.
Hoy empezamos cruzando
el Longfellow Bridge, un puente histórico que une Cambridge con el centro de
Boston. Inaugurado en 1906, es famoso por sus torres apodadas “sal y pimienta”
y por ofrecer una de las mejores vistas del skyline sobre el río Charles. Es un
recorrido muy agradable para hacerlo a pie, con espacio para ciclistas y
peatones.
Pausa obligada a media tarde en Caffè Nero del Downtown donde unos capuccinos nos ayudaron a reponer fuerzas.
Antes de la cena, dimos
un paseo por la zona del puerto, concretamente por el Waterfront de Boston. Es
una zona muy agradable para caminar, con caminos de listones de madera junto al
mar, muelles, barcos atracados y vistas abiertas al puerto. El Boston
Waterfront ha vivido una gran transformación en las últimas décadas: pasó de
ser una zona industrial y portuaria a convertirse en un espacio moderno y muy
frecuentado por turistas y locales.
Cerramos el día cenando en el Boston Sail Loft, un restaurante sencillo pero muy popular, ubicado junto al puerto.
Es conocido por su marisco fresco y sus platos clásicos de Nueva
Inglaterra. Pedimos rabas y fish and chips, todo muy sabroso. El local tiene
terraza con vistas al agua y un ambiente bastante animado, pero sin agobios.
La mañana siguiente comenzó con un paseo por North Point Park, un parque urbano sorprendentemente tranquilo a orillas del río Charles.
Este espacio verde, creado en 2007 como parte del proyecto del Big Dig, se extiende entre Cambridge y Boston y combina canales, jardines y zonas para niños.
Momento curioso: un Boston Duck Tours lanzándose al agua desde la carretera. Estos famosos vehículos anfibios hacen recorridos turísticos por tierra y río, y verlos en acción desde el parque fue todo un espectáculo.
Para terminar el día, cenamos en The Capital Burger, en Newbury Street, una de las calles más elegantes y animadas de Boston. El local es moderno, con buen ambiente, y las hamburguesas estuvieron a la altura.
Hoy hacemos una excursión a Salem, la ciudad de las brujas, famosa por sus juicios en el siglo XVII y por su atmósfera histórica y peculiar. Mañana viernes será nuestro último día completo en Boston, y lo hemos reservado para algo especial: recorrer el Freedom Trail, la ruta más emblemática de la ciudad.
SALEM
Nuestra visita a Salem
fue un viaje al pasado cargado de misterio.
La estatua representa a
Elizabeth Montgomery, actriz de la serie Embrujada, donde
interpretaba a una bruja buena llamada Samantha. Se instaló en Salem en 2005
porque allí se grabaron episodios especiales de la serie. Aunque al
principio generó polémica, hoy es un símbolo del lado más amable de la historia
de Salem.
Salem se hizo famosa por los juicios de brujas de 1692, cuando varias niñas comenzaron a comportarse de forma extraña y, al no encontrar explicación, se creyó que estaban bajo un hechizo.
En medio del miedo y el fanatismo religioso, más de 200 personas fueron acusadas de brujería, y 20 de ellas fueron ejecutadas, la mayoría sin pruebas reales. Con el tiempo, las autoridades reconocieron el error y pidieron perdón.
Hoy, Salem recuerda este episodio con museos, monumentos y actividades que
atraen a miles de visitantes, sobre todo en Halloween, convirtiéndose en un
símbolo de lo que ocurre cuando el miedo supera a la razón.
Empezamos nuestro
recorrido en la Witch House, la casa del juez Jonathan Corwin, uno de los
responsables de los Juicios de Brujas de 1692. Es la única que se conserva de
esa época y muestra cómo vivían las familias puritanas del siglo XVII.
El centro de Salem está
lleno de tiendas temáticas con esqueletos, calabazas, gatos negros y pócimas.
También vimos el Charter Street Cemetery, el cementerio más antiguo de Salem, fundado en 1637. Aquí están enterrados personajes importantes de la época colonial, como el juez John Hathorne, implicado en los juicios de brujas. Junto a él se encuentra el memorial a las víctimas de 1692, que recuerda a los inocentes ejecutados.
Cambiando de ambiente, un
paseo por el puerto de Salem, con vistas al mar y casas de época que recuerdan su
pasado como importante centro comercial marítimo.
Último día en Boston
La Galaxy: Earth Sphere Fountain es una escultura interactiva situada en Kendall Square, cerca del MIT, en Cambridge. Se trata de una gran esfera de granito que gira suavemente sobre un lecho de agua y fue diseñada en 1989 por el artista Joe Davis como símbolo del conocimiento compartido y la conexión global.
En Boston hay una línea roja en el suelo que mucha gente sigue sin saber exactamente qué es.
Se trata del Freedom Trail, un recorrido de unos 4 kilómetros que une lugares clave en la historia de la independencia de Estados Unidos.
El camino empieza en el Boston Common, el parque más antiguo del país, y termina en el monumento de Bunker Hill, en Charlestown. A lo largo del recorrido se visitan iglesias, cementerios históricos, la casa de Paul Revere, el sitio donde ocurrió el famoso Motín del Té y varios edificios emblemáticos como el Old State House.
Todo está perfectamente señalizado con una línea roja de ladrillos o pintura, así que no hace falta guía ni complicaciones: basta con seguir el camino.
Es un paseo muy agradable y fácil de hacer, ideal para conocer la historia mientras recorres la ciudad.
Más que una clase de historia, es una forma sencilla y entretenida de entender cómo nació Estados Unidos.
Durante
nuestro paseo por el centro histórico de Boston, nos encontramos con una
escultura que representa a James Michael Curley, una de las figuras políticas
más populares (y polémicas) de la ciudad. Fue alcalde de Boston en cuatro
ocasiones, gobernador de Massachusetts y congresista. Defensor de los
inmigrantes y de las clases trabajadoras, también estuvo envuelto en escándalos
de corrupción… ¡incluso fue elegido alcalde mientras cumplía condena en
prisión!
La
estatua se encuentra junto al Faneuil Hall, en la esquina de Congress Street
con North Street, muy cerca del trazado del Freedom Trail. En el suelo, una
huella de bronce simboliza su paso por la historia de la ciudad.
El recorrido del Freedom
Trail concluye en el Bunker Hill Monument, en Charlestown, un obelisco de
granito de 67 metros que conmemora una de las primeras batallas importantes de
la Guerra de Independencia: la Batalla de Bunker Hill de 1775. Aunque los británicos ganaron el combate, fue una victoria costosa que
demostró la determinación y el coraje de los colonos. Hoy se puede subir los
294 escalones hasta la cima para disfrutar de una de las mejores vistas
panorámicas de Boston.
Durante el recorrido,
nos encontramos con un pequeño evento llamado UnCommon Corner: un rincón con
música en directo, puestos de comida bebida, y muy buen ambiente.
Más que descubrir lugares nuevos, este Freedom Trail nos ha servido como clausura, una especie de recordatorio de todo lo vivido durante estos días, que ya forma parte de nuestra aventura americana.
En el corazón de Boston Common se encuentra The Embrace, una escultura de bronce que representa los brazos entrelazados de Martin Luther King Jr. y Coretta Scott King. Inspirada en una foto tomada en los años 50, la obra celebra su vínculo personal y su papel en la lucha por los derechos civiles. Forma parte de la 1965 Freedom Plaza, un espacio que honra a líderes locales del movimiento por la justicia social.
























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