LONDRES


Aprovechamos la semana de carnaval, que coincidía además con el viaje de fin de estudios de nuestra hija Gabriela a Florencia, para escaparnos su padre y yo unos días a Londres. 

Marina se desplazó desde Zúrich y se nos unió también. 


Nos alojamos en la casa de María y Mischa, en el número 49 de Beversbrook Road. 

Gato incluido ;)

Además de glotón, Berlioz demostró ser el rey de la casa.







Nuestro primer contacto con la ciudad fue en Camden Market, un barrio alternativo y lleno de vida, conocido por sus tiendas vintage, arte urbano y puestos de comida de todos los rincones del mundo. Caminamos entre sus coloridas fachadas mientras explorábamos los pasillos estrechos repletos de ropa, discos y artesanías únicas. La energía de Camden nos hizo sentir el auténtico espíritu londinense, joven y rebelde.



La sudadera para Gabriela, no podía faltar...






Tampoco la mítica foto, en la mítica cabina.

Después, tocó subir hasta Primrose Hill, desde donde pudimos admirar una panorámica espectacular de Londres. Las vistas desde la colina, con el skyline recortándose contra el cielo, magia. 







Seguimos nuestro recorrido por Marylebone Street, una de las zonas más elegantes de la ciudad, donde aprovechamos para degustar el clásico "fish and chips", recomendación de uno de los amigos de Marina, que disfrutamos muchísimo. La calle, con sus edificios victorianos, me pareció uno de los rincones más bonitos de Londres. 


Otro día nos acercamos a Notting Hill. Precioso.




Las casas de colores de Lancaster Road, en Notting Hill. 

También hubo tiempo para pausa y capuchino.








El archiconocido taxi negro.




Acabamos sucumbiendo al bullicio de Soho repleto de tiendas alternativas y  músicos callejeros . En Carnaby Street, caminamos por sus calles adoquinadas y aprovechamos para hacer algunas compras.









Oxford street bien merece otra parada. 







No podía faltar un recorrido por los lugares más emblemáticos de la ciudad: el Parlamento y el Big Ben  de imponente estructura neogótica . 
 


Nos detuvimos también en Trafalgar Square, donde la fuente y la columna tipo obelisco dominaban la plaza.



El Big Ben, el reloj de cuatro caras más grande del mundo.



La catedral anglicana de Londres, donde se casaron Carlos de Gales y Diana Spencer.



El London Eye, la noria más alta de Europa, vista desde el otro lado del Támesis.



El distrito comercial y cultural de Londres, Covent Garden, con muchas tiendas especializadas. 



Como auténticos British, en una taberna inglesa.




Chinatown es un hervidero de gente, restaurantes asiáticos y tiendas de souvenirs, bajo un cielo de linternas rojas.


Tuvimos la oportunidad de visitar el British Museum, que al ser gratuito, fue parada obligatoria. Recorrer sus salas fue como hacer un viaje en el tiempo.






Tienda Alain Ducasse, merece la pena probar su chocolate.



Y es que en el Borough Market descubrimos otro lugar para vivir la multiculturalidad de la ciudad, arcos victorianos, baldosas antiguas y puestos con carteles pintados a mano. 


Uno de los momentos más especiales fue cruzar el Tower Bridge, uno de los puentes más icónicos del mundo.






La parte moderna de la ciudad...



Paseando  por la zona de rascacielos, como el St. Mary Axe (The Gherkin) que tenía forma de huevo gigante.




Momento memorable fue subir al "The Garden", con vistas panorámicas de la ciudad: ESPECTACULARES. 




El mismo lugar de noche, por cortesía de nuestra hija suiza.



Como espectacular también, esta parada de metro. Moverse por el underground, con música en cada esquina, ha sido toda una experiencia.









La Abadía de Westminster, con su fachada majestuosa y su historia de coronaciones y bodas reales, me dejó bastante impresionada.



Algunas fotos más...





Parada obligatoria fue el Palacio de Buckingham, donde la desapacible mañana del miércoles, tuvimos la gran suerte de ver el cambio de guardia: uniformes y sombreros de piel de oso ¡qué precisión la de aquellos guardianes bajo la lluvia!




Terminamos nuestra experiencia londinense perdiéndonos por los lujosos pasillos de Harrods, precios desorbitantes, brillo y art decó a raudales. Un bombón praliné fue mi única tentación, con eso os digo todo.


El London Eye (la noria), donde encontrar un baño disponible se convirtió en misión imposible para alguien. 


Un viaje para recordar. Sin duda, la oportunidad perfecta para compartir unos días con nuestra "mitad suiza" lejos de libros, tareas y exámenes.

 


London, 

see you soon!!!!








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